Sergio Larraín ocupa un lugar singular en la historia de la fotografía latinoamericana y mundial. Su mirada, intuitiva y profundamente humanista, rehúye el efectismo para concentrarse en la vibración silenciosa de la vida cotidiana. Más que documentar, Larraín parece escuchar: se aproxima a sus sujetos con pudor, deja que el encuadre respire y acepta el azar como parte esencial del lenguaje. En sus imágenes hay sombras que pesan, diagonales que inquietan y una sensación constante de tránsito, como si todo estuviera a punto de cambiar.
La exposición en Foto Colectania reúne cerca de 80 fotografías realizadas en Chile, con especial atención a la serie Valparaíso, el proyecto más extenso y celebrado del autor. Desarrollada entre finales de los años cincuenta y mediados de los sesenta, esta serie recorre el puerto chileno a través de sus cerros, escaleras, sombras y habitantes, configurando un paisaje urbano vivido desde la proximidad y la experiencia cotidiana. El trabajo culminó en el libro Valparaíso, publicado en 1991 con un texto de Pablo Neruda, convertido desde entonces en una referencia fundamental del ámbito del fotolibro
La exposición estará disponible del 22 de enero al 24 de mayo de 2026.

Valparaíso
En Valparaíso, Larraín encuentra un escenario ideal para su sensibilidad: una ciudad quebrada, vertical, hecha de escaleras, pasajes y miradores donde el cuerpo humano se mide con el abismo. Sus fotografías no describen la ciudad; la sugieren. Los niños jugando en las pendientes, las figuras recortadas contra muros encalados, los gestos captados desde ángulos altos o desde la penumbra construyen una poética del desequilibrio. Valparaíso se convierte así en un estado de ánimo, un espacio donde la luz cae de forma oblicua y la vida se desliza entre lo precario y lo lúdico.

Niños de la calle
El proyecto Niños de la calle revela uno de los núcleos más intensos de su obra. Larraín se acerca a estos niños sin paternalismo ni denuncia explícita; los observa desde una cercanía respetuosa que evita la distancia moral. Sus imágenes no buscan explicar la pobreza, sino mostrar la complejidad emocional de la infancia abandonada: miradas duras, cuerpos cansados, juegos improvisados en medio de la intemperie. La cámara no juzga, acompaña, y en ese acompañamiento surge una verdad incómoda y profundamente humana.

Ambos trabajos dialogan entre sí: los niños de Valparaíso y los niños de la calle comparten una relación directa con el espacio urbano como territorio de libertad y riesgo. En estas series se reconoce la ética visual de Larraín, marcada por su posterior alejamiento del mundo fotográfico y su búsqueda espiritual. Fotografiar, para él, no era poseer una imagen, sino atravesarla. Por eso sus fotografías siguen abiertas, inquietas, como preguntas que no necesitan respuesta.








